Al llegar el marido, la princesa corrió a darle la bienvenida. No porque le tuviera mucho amor, sino para que el príncipe no se enfadase y no la castigase.
El príncipe quería todo listo cuando llegase. La cena sobre los platos, la casa limpia... Pero hoy había algo que le hizo enfurecer y empezar a gritar a su esposa. La cena se había quemado ligeramente.
La princesa entre lágrimas le susurraba que le quería, aunque ella sabía que no era verdad, al príncipe le llenaba de poder y orgullo el oír esas palabras.
Pero su paciencia no duro eternamente. Un día la princesa no puedo más y le gritó todo lo que sentía para desahogarse por toda la amargura de tantos años...
Luis Miguel Muela
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